AMLO emplea manual de Trump para elecciones presidenciales

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Es el momento clave para México, donde el curso de los próximos dos meses determinará si el país da la espalda al proyecto de una generación entera, de abrir su economía al mundo y su sistema político a los vientos del cambio democrático. La decisión en última instancia descansa en los votantes mexicanos y, en cierta medida, en el presidente estadounidense, Donald Trump.

El 1 de julio, los mexicanos elegirán un nuevo presidente. En forma muy similar a los votantes estadounidenses en el 2016, están deseosos de “drenar el pantano”. Y México ciertamente podría terminar eligiendo a un candidato algo pantanoso, que ha prometido hacerlo.

Andrés Manuel López Obrador, el exalcalde populista de la Ciudad de México y dos veces derrotado candidato presidencial, tiene una cómoda ventaja en las encuestas. La perspectiva de su victoria ha perturbado a los mercados financieros, además de aquellos en México que están preocupados por las sutilezas democráticas y el imperio de la ley.

Si bien muchas personas tanto dentro como fuera de México discuten apasionadamente si AMLO, como es conocido, es o no la encarnación mexicana del venezolano Hugo Chávez, el debate parece un poco fuera de foco. AMLO bien podría no ser un Chávez, pero aún significar un panorama a temer. AMLO casi con seguridad representaría un retorno al pasado más autoritario y estatista del país. Con una visión hacia adentro y hacia atrás del mundo, su consigna puede no ser “Hagamos Grande A México de Nuevo”, pero sí “Hagamos México a México de Nuevo”.

Y su perspectiva ciertamente sería una de “México Primero”.

AMLO y sus seguidores detestan los elementos del México moderno. Están horrorizados por los vínculos diplomáticos y económicos más estrechos con Estados Unidos, la usurpación de las marcas extranjeras en su país y la disminución del control monopólico del estado sobre botines a ser entregados a sindicatos que declaman la hipocresía orwelliana de la revolución institucionalizada. Con toda la disfuncionalidad de el gobierno actual del presidente Enrique Peña Nieto, sus reformas iniciales de la educación y la energía fueron golpes poderosos contra los sueños del viejo México de AMLO.

El temperamento demagógico de AMLO es tan preocupante como su llamado a regresar a México al pasado. Cuando perdió las elecciones del 2006, entró en una rabieta que duró años, negándose a aceptar los resultados y refiriéndose a sí mismo como el “presidente legítimo”. Sin disposición a compartir la atención con otros, luego se separó del partido izquierdista establecido PRD (tal como previamente se había separado del PRI) para crear un nuevo “movimiento” y partido que él dirige como un negocio familiar. Pese a los bien conocidos lazos con algunos de los elementos menos potables de la política mexicana, y un historial de rodearse de amigotes susceptibles a la “captura” de donantes que llevan efectivo en bolsas marrones, AMLO sostiene que terminará la corrupción en México por medio de la pura fuerza de su personalidad y su ejemplo. También habla, con una vaguedad que lo caracteriza, de una “amnistía” al delito organizado.

De forma igualmente alarmante, promete presentarse como presidente a un referendo sin precedentes cada dos años. AMLO plantea esto como un límite a su poder, pero los opositores naturalmente lo ven como un Caballo de Troya potencial para enfrentar la prohibición de extender el mandato único de seis años en el poder, al cual los mandatarios aún están sujetos bajo la ley mexicana.

Los votantes mexicanos rechazaron dos veces los pedidos de AMLO para mover a México hacia atrás, votando en su contra, y en favor de presidentes del PAN, de centroderecha, y del PRI, de centro, en el 2006 y el 2012. Que AMLO aún sea una presencia en la vida política mexicana es un alegato de la incapacidad de esos partidos establecidos para reformar la cultura política de la nación y fortalecer el imperio de la ley ante la carnicería infligida por la guerra de los carteles de la droga. Cada vez más, México ostenta una economía del primer mundo pero una capacidad de gobierno del tercer mundo, repleta de corrupción.

Y no hay que olvidarse de Trump. A medida que se calienta la temporada electoral de México, los negociadores mexicanos, estadounidenses y canadienses se apresuran por “modernizar” el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, un pilar del México contra el que corre AMLO. Todo indica que deberían ser capaces de resolver cuestiones tecnocráticas pendientes como la fórmula de las reglas de origen para el sector automotriz.

El suspenso real yace en si Trump estará de humor para aceptar el borrador de un tratado renegociado. Si él decide tuitear que él “arregló” el TLCAN, o tuitear que lo rechaza de una vez por todas para “Hacer Grande a Estados Unidos de Nuevo”, en gran medida determinará el destino del deseo de AMLO para hacer que México sea México nuevamente.

(Andrés Martinez es un profesor de práctica de la Escuela de Periodismo y Comunicación Masiva Walter Cronkite de la Universidad del Estado de Arizona y director editorial de Future Tense en New America. Las opiniones expresadas son personales.

 

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